Llovía, pero ahí estábamos los dos.
Rodeados por un septiembre que se estaba desvaneciendo entre nuestros dedos.
Todo corría tan rápido. No logramos detener el tiempo para quedarnos en
septiembre. Nuestro septiembre.
Los días pasaban como brisa entre las hojas.
La primavera estaba muriendo, y entre nosotros no había flores que nacieran en
nuestro prado. Se nos quemo septiembre.
Un incendio devastador, acabo con nuestras
ganas, nos quemamos las ideas y las pestañas. Tratando de ponerle un continuara
a nuestra historia. Una historia que sabíamos que tenía final. Pero no habíamos
empezado ni el principio.
“¿Es mi imaginación?”. Te pregunte con mis
uñas entre los dientes. Elevando una pequeña mueca de sonrisa, tímida y
vacilante. Mientras mis ojos buscaban los tuyos, vos estabas perdido en la
danza del pasto y las gotas de una lluvia primaveral.
Volteaste a mirarme, desconcertado. Tus
cejas fruncidas, funcionaban de techo para tus ojos, que entrecerrados buscaron
los míos, esperando encontrar una respuesta en ellos.
“¿Qué imaginas?”. Me dijiste, sin sonreír.
Ni siquiera mostraste cariño en tus palabras. Fuiste duro y molesto.
Un nudo en la garganta me corto la voz, no
pude contestarte. Me limite a sonreír. A sonreír y mirar el paisaje que me
brindaban tus cabellos empapados de lluvia. El verde de los árboles, que
luchaban contra el viento. Y el olor a tierra mojada que había en mis manos.
Sentada, abrazada a mis piernas. Buscando
refugio en ellas porque a vos te encontré lejano, ensimismado en tus
pensamientos. Quise llorar. Y aproveche que llovía.
No se si llore, o si la lluvia que caía en
mis mejillas, mojándolas por completo, hicieron un efecto de llanto. Pero puedo
jurar que te grite. Te grite y vos no me escuchaste.
Fue en ese momento, en el que comenzaste a reír.
Sin que yo dijera nada, sin que nada suceda.
Un sin fin de carcajadas saliendo de tu
boca. Tus labios abiertos, levemente curvados hacia arriba. Estaban delatando
una felicidad incontenible. Yo no te comprendí en ese momento. Pero me miraste,
y sonreías con tus ojos.
No se si viste tristeza en los míos, o que.
Pero en ese momento, te paraste y saltaste hacia el charco de barro que había a
30 centímetros
de mi. Como resultado, termine embarrada. Y vos seguías riéndote. Pero esta
vez, te reías de mí.
“Salta y festeja” me gritaste entre risas.
Yo no tenia nada para festejar.
“¿Que queres que festeje? ¿Si nada ha bueno
ha ocurrido?”. Te conteste, con una voz seria y enojada. La lluvia lavaba el
barro de mi cara, mientras mi ceño fruncido te mostraba que no estaba de humor
para payasadas.
En ese momento, te arrodillaste ante mí,
limpiando lo que quedaba de barro en mis mejillas. Comprendí que tampoco
estabas feliz, tu mirada era triste. Pero así eras vos, tu optimismo y poco
realismo, te llevaba a cometer actos de niño. Vos nunca maduraste.
Tomaste mis manos, entrelazando tus dedos.
Palma con palma. Fue ahí, cuando una conexión cósmica entre nosotros, me hizo
vibrar. Apoye mi oído en tu pecho, para escuchar los latidos de tu corazón.
El sonido mas bello de todos, ese retumbar
agitado y enamorado. Porque así estábamos, enamorados.
Me alzaste, y comenzaste a girar y girar.
No me acuerdo cuando fue que caímos al piso, el golpe no me dolió.
Tu cuerpo sobre el mió, en perfecta
sintonía. Me besaste, y no pude contener mis ganas de ti. Un grupo de mariposas
revoloteando en todo mi cuerpo, desde mis pies hasta el último cabello.
Mientras tu boca besaba mi cuello, un sol
tímido se asomo, dejo de llover.
Y al final, el sol salio. Nosotros volvimos
a ser los mismos de antes. Volvimos a ser dos, con el sol secándonos, mientras
septiembre se escurría como arena entre nuestros dedos entrelazados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario