viernes, 30 de septiembre de 2011

El tiempo que lo cura todo.


Tiempo, me pediste un tiempo para poder entenderte, entenderme, entendernos.
No se si te dije que si, lo único que se es que te mire conteniendo las lagrimas en los ojos y me fui corriendo para mi casa.
No se como te lo tomaste, pero después de eso, pasaron 3 meses y no me llamaste. ¿Dónde estas?
Tengo el cuarto desordenado. Dicen que ese desorden es una expresión inconciente de tu cabeza. Bueno, mi cabeza no esta ordenada. Le faltas vos.
Me detuve en el umbral de mi puerta, y mire hacia adentro, con ojos desconocidos. No quería reconocer que eso, ese desorden, era mío. Lo mire con vergüenza, como quien mira a un extraño. Desconociéndolo. Me propuse superar tu tiempo, y ordenar. No pude.

Me sentí un poco vulnerable, un poco arruinada. Vos siempre me dijiste que mi corazón no estaba bien, yo nunca te escuche.
“Necesitas un par de curitas”. Me dijiste la ultima vez, después de eso lo único que escuche fueron palabras sueltas. Porque tenías razón, y yo no quería asumirlo.
Decidí huir a nuestro prado, a donde cortábamos pastos y deshojábamos margaritas. Sentados sin decirnos nada, silencio, solo miradas.
Me acuesto en el suelo, entre luciérnagas y barro. Mis brazos extendidos miran al cielo estrellado que le daba un tono azulado a las lágrimas que caían por mis mejillas.
Te abrazo. Me abrazo. Estés donde estés.
¿Por qué no volves?

Yo mientras tanto sigo acá, con tu tiempo. El tiempo que yo no te di, que vos decidiste tomarte. El tiempo que vos malinterpretaste. El que pediste y nunca te concedí.
Fue ahí, que me quede dormida.
Me despertaron gritos, y rayos de sol azotando mi cara. Yo estaba abrazada a mis piernas, recostada entre el pasto mojado, por culpa del rocío, evaporándose lentamente por el calor del sol.
Abrí mis ojos. Ahí estabas vos. Contemplando mis sueños.
Me levante bruscamente, y refregué mis ojos, endurecidos con lagrimas secas. Vos me miraste y sonreíste. Eras real.
“¿Por qué?” te pregunte, sin reaccionar.
“No tengo explicación, quería alejarme de vos para ver si sentía lo mismo al lado tuyo, o estando a millones de kilómetros. Me tome un tiempo prestado, un tiempo que no tenemos, que ya no podemos recuperar, me tome ese tiempo para ver si se te curaba el corazón, así no lo pegábamos con curitas.”
Tu respuesta fue más de lo que yo esperaba. Pero era lo que necesitaba oír.
Me acuerdo cuando me decías que debía ser fiel a mis instintos. Que vos ibas a estar ahí conmigo. Que lo demás, que lo demás no importaba, que se iba a desvanecer con el tiempo.

En ese momento, todo lo demás se desvaneció, estábamos solos. Vos y yo. Un tiempo prestado. Ese tiempo que vos te tomaste para sanar mi corazón sin usar curitas. Para arreglarlo.
Ese tiempo, que dicen que lo cura todo. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Nuestras ganas de Septiembre.


Llovía, pero ahí estábamos los dos. Rodeados por un septiembre que se estaba desvaneciendo entre nuestros dedos. Todo corría tan rápido. No logramos detener el tiempo para quedarnos en septiembre. Nuestro septiembre.
Los días pasaban como brisa entre las hojas. La primavera estaba muriendo, y entre nosotros no había flores que nacieran en nuestro prado. Se nos quemo septiembre.
Un incendio devastador, acabo con nuestras ganas, nos quemamos las ideas y las pestañas. Tratando de ponerle un continuara a nuestra historia. Una historia que sabíamos que tenía final. Pero no habíamos empezado ni el principio.

“¿Es mi imaginación?”. Te pregunte con mis uñas entre los dientes. Elevando una pequeña mueca de sonrisa, tímida y vacilante. Mientras mis ojos buscaban los tuyos, vos estabas perdido en la danza del pasto y las gotas de una lluvia primaveral.
Volteaste a mirarme, desconcertado. Tus cejas fruncidas, funcionaban de techo para tus ojos, que entrecerrados buscaron los míos, esperando encontrar una respuesta en ellos.
“¿Qué imaginas?”. Me dijiste, sin sonreír. Ni siquiera mostraste cariño en tus palabras. Fuiste duro y molesto.
Un nudo en la garganta me corto la voz, no pude contestarte. Me limite a sonreír. A sonreír y mirar el paisaje que me brindaban tus cabellos empapados de lluvia. El verde de los árboles, que luchaban contra el viento. Y el olor a tierra mojada que había en mis manos.
Sentada, abrazada a mis piernas. Buscando refugio en ellas porque a vos te encontré lejano, ensimismado en tus pensamientos. Quise llorar. Y aproveche que llovía.
No se si llore, o si la lluvia que caía en mis mejillas, mojándolas por completo, hicieron un efecto de llanto. Pero puedo jurar que te grite. Te grite y vos no me escuchaste.

Fue en ese momento, en el que comenzaste a reír. Sin que yo dijera nada, sin que nada suceda.
Un sin fin de carcajadas saliendo de tu boca. Tus labios abiertos, levemente curvados hacia arriba. Estaban delatando una felicidad incontenible. Yo no te comprendí en ese momento. Pero me miraste, y sonreías con tus ojos.
No se si viste tristeza en los míos, o que. Pero en ese momento, te paraste y saltaste hacia el charco de barro que había a 30 centímetros de mi. Como resultado, termine embarrada. Y vos seguías riéndote. Pero esta vez, te reías de mí.
“Salta y festeja” me gritaste entre risas. Yo no tenia nada para festejar.
“¿Que queres que festeje? ¿Si nada ha bueno ha ocurrido?”. Te conteste, con una voz seria y enojada. La lluvia lavaba el barro de mi cara, mientras mi ceño fruncido te mostraba que no estaba de humor para payasadas.
En ese momento, te arrodillaste ante mí, limpiando lo que quedaba de barro en mis mejillas. Comprendí que tampoco estabas feliz, tu mirada era triste. Pero así eras vos, tu optimismo y poco realismo, te llevaba a cometer actos de niño. Vos nunca maduraste.
Tomaste mis manos, entrelazando tus dedos. Palma con palma. Fue ahí, cuando una conexión cósmica entre nosotros, me hizo vibrar. Apoye mi oído en tu pecho, para escuchar los latidos de tu corazón.
El sonido mas bello de todos, ese retumbar agitado y enamorado. Porque así estábamos, enamorados.
Me alzaste, y comenzaste a girar y girar. No me acuerdo cuando fue que caímos al piso, el golpe no me dolió.

Tu cuerpo sobre el mió, en perfecta sintonía. Me besaste, y no pude contener mis ganas de ti. Un grupo de mariposas revoloteando en todo mi cuerpo, desde mis pies hasta el último cabello.
Mientras tu boca besaba mi cuello, un sol tímido se asomo, dejo de llover.

Y al final, el sol salio. Nosotros volvimos a ser los mismos de antes. Volvimos a ser dos, con el sol secándonos, mientras septiembre se escurría como arena entre nuestros dedos entrelazados.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vos, yo...


Y ahí estábamos los dos. Vos, yo, la luna. No me atrevía a mirarte directamente a los ojos, porque sabía que ibas a poder leer cada uno de los pensamientos que se me cruzaban por la cabeza en ese preciso momento. En ese momento en el que el brillo de la luna iluminaba la curva que se formaba en tu cuello, ese espacio entre tu mentón y tu nuez de Adán. Oh Adán!
Si Dios no hubiera creado al hombre, hubiese jurado que fuiste ensamblado por manos divinas, que moldearon cada parte de tu cuerpo para hacerlo perfecto a mi medida.
Maldito sea el día en el que te diste cuenta que el amor no era mas que un juego.
Maldito seas vos!
Maldita sea la hora en la que coincidí contigo, ese instante en el que mire tus ojos color miel y me dije a mi misma que serias la persona con la que quería pasar el resto de mis días sin cansarme, sin que pasen las horas.
Vos ibas a ser la persona que detenga mi tiempo. Ibas a ser capaz de parar el reloj para poder disfrutar una eternidad juntos. Y no iba a haber ‘muerte que nos separe’.
Íbamos a ser ‘Uno los dos’.

No recuerdo cuando fue el momento justo en el que decidiste convertirte en lo que sos ahora. Mejor dicho, si lo recuerdo, pero es algo que quiero olvidar. Quiero quedarme con tu imagen abrumada de problemas y amores. Dolores y pasiones. Quiero mantener esa idea de libertad que tenias en tus ojos. Ese deseo incontenible de lanzarte al mundo sin más que un sueño. Un impulso que te obligaba a vivir la vida a cada instante, a cada respiro, a cada vuelo, caída y raspón. Todos los pedazos de ilusión que caían como cristales rotos. La sangre que corría por tus venas, que contenía una esencia. Un perfume que se respiraba en el aire cada vez que te imponías a el.
Ese deseo de vivir sin importar las barreras de lo que te rodeaba.
Todo lo que extraño de vos, es lo que alguna vez fui, pero que solo logre ser a tu lado.
¿Porque no sos lo que eras cuando estabas conmigo? ¿Porque cambiaste, porque te convertiste en tu peor enemigo?
Tengo mil preguntas, y ante cada interrogante tengo solo una respuesta. “YO TE AMABA TAL CUAL ERAS”. Pero no era suficiente. Vos querías más.
¡Maldito seas!

Pero nuevamente, la luna alumbraba tus cabellos, color caramelo intenso. Cada mechón hacia juego con tus ojos, que bailaban de lado a lado, mirando el brillo de las luciérnagas que resplandecían a tu lado.
Y ahí estábamos nosotros. Vos, yo, la luna y las luciérnagas. Que hacían un intermitente de pasiones. Hacían el amor con el viento, con las hojas que las golpeaban, con el rocío que las bañaba. Y nada les importaba. Como a vos, como a mí.
Como al tiempo que pasamos juntos.
Como a cada caricia que nos regalábamos al amanecer. Como a cada suspiro, a cada roce de piel.
Tu respiración entrecortada, me hizo volver a mirarte, estabas agitado por culpa de las vueltas del reloj. Quisiste seguir tu propio ritmo y te mareo. Ya no había tiempo para los dos, pero vos querías bailar.
No quedaba lugar en aquel prado. Y nos estábamos quedando sin tiempo.

Di media vuelta, y comencé a caminar en contra del viento. Luchando para poder continuar, paso a paso, centímetro a centímetro. Vos me gritaste.
“No te vallas”.
Pero yo ya estaba lejos, no te hice caso. Aunque en ese momento, mire hacia atrás, y ahí estabas vos, con los brazos abiertos, esperando que yo corra desesperadamente hacia vos y me acomode en ese hueco entre tus hombros y tu cuello. Esperando que conteste tu abrazo, que te golpee bruscamente con mi cuerpo para poder sellar nuestro encuentro.
No lo hice, no quise hacerlo. En su lugar, lo único que logre hacer fue mirarte y con los ojos cerrados, tire un beso al aire. Beso que vos recibiste con tus manos y lo depositaste en tu corazón. Señal de que habías recobrado los sentidos, ya no estabas dormido. Te grite que te amaba. Pero el viento empezó a chillar y no se escucho. Seguí corriendo, en tu dirección. Fui a tu encuentro, entre la danza de las luciérnagas y el golpe del rocío.
Te bese. Y descubrí como nuestros 5 sentidos se agudizaron, se convirtieron en uno. Éramos uno. Vos, yo, la luna, las luciérnagas y el rocío.